... Pues no era posible ir a verle con frecuencia. Sus botas duraban mucho tiempo, pues tenía algo que trascendía lo temporal, como si incluyera la esencia misma de la bota.
Uno no entraba, como en la,mayoría de las tiendas,con ánimo de ser atenido cuando antes,sino con la serenidad, como en una iglesia,y esperaba en la sencilla silla de madera, pues allí nunca había nadie. Pronto,desde el brocal de esa especie de pozo-oscuro y con un reconfortante olor a cuero- que formaba la tienda,asomaba su rostro,o el de su hermano mayor. Un sonido gutural, el susurro de unas pantuflas de fibra en la angosta escalera de madera,y él se presentaba sin abrigo, un poco encorvado, con su delantal de cuero,con la camisa arremangada, pestañeando, como si hubiera despertado de un sueño de botas,o como un búho sorprendido en plena luz del día y moleso con la interrupción. Y yo decía:
-¿Cómo está usted, señor Gessler?¿Podría hacerme un par de botas de cuero de Rusia?-Sin una palabra desandaba su camino, o entraba en la otra sección de la tienda, y yo seguía descansando en la silla de madera,aspirando el incienso de su oficio. Pronto él regresaba, sosteniendo en la mano delgada y venosa un trozo de cuero dorado.
-¡Hermosa pieza!-comentaba, clavándole los ojos. Y cuando también yo la había admirado, añadía-:¿Para cuándo las quiere?-
-¡Oh! Tan prono como usted pueda-
-¿Mañana por la noche?- respondía el.
Y si era el hermano mayor:
-Le preguntaré a mi hermano-.
Luego yo murmuraba las gracias y los buenos días, y el respondía "Buenos días" mirando el cuero que tenía en la mano. Y al ir hacia la puerta, yo oía el susurro de las pantuflas de fibra que lo llevaban de regreso arriba,a su ensueño de botas. Pero si se trataba de un nuevo tipo de calzado que él nunca me había hecho, se ponía ceremonioso, despojándose de mi bota y sosteniéndola largo tiempo en la mano, mirándola con ojos crítico y tiernos a la vez,como si evocara la magia con la cual la había creado reprochara el modo en que yo había estropeado su obra maestra. Luego, apoyando mi pie en su papel me tanteaba con un lápiz y me tocaba con dedos nerviosos, hasta interiorizarse en mis requerimientos.
No puedo olvidar el día en que en que tuve ocasión de decirle:
-Señor Gessler,ese último par de botas de pase crujía,¿sabe usted?-
Él me miró un rato en silencio, como si esperase que yo retirase o morigerase la afirmación luego dijo:
-No deberían crujir-
-Me temo que así era-
¿Se humedecieron antes de amoldarse?-
-No creo-
Él bajó los ojos, como buscando el recuerdo de esas botas, y yo lamenté haber mencionado un asunto tan grave.
-¡Mandelas de vuelta!- dijo-Les echaré un vistazo-
Tuve un arrebato de compasión por mis botas crujientes,así que bien podía imaginar la notálgica curiosidad con que él las examinaría.
-Algunas botas- dijo lentamente-son malas de nacimiento.
Si no puedo repararlas, las borraré de su cuenta.......
Continuará
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